¡No envidies a los que carecen de sufrimientos, ídolos de madera a los que nada falta, porque sus almas son así de pobres; a los que no preguntan si llueve o luce el sol, porque nada tienen que precise de cultivos! Hiperión o el Eremita en Grecia

domingo, septiembre 17, 2006

PURO AUSTER

Nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Cuando las cosas estaban enteras nos sentíamos segu­ros de que nuestras palabras podían expresarlas. Pero poco a poco estas cosas se han partido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado a la nueva realidad. De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, ha­blemos falsamente, distorsionando la cosa misma que trata­mos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden. Pero las palabras, como usted comprende, son sus­ceptibles de cambio. El problema es cómo demostrarlo. Por eso trabajo ahora con los medios más simples, tan simples que hasta un niño pueda comprender lo que digo. Considere una palabra que remite a una cosa: “paraguas”, por ejemplo. Cuando digo la palabra “paraguas”, usted ve el objeto en su mente. Ve una especie de bastón con radios metálicos plega­bles en la parte superior que forman una armadura para una tela impermeable, la cual, una vez abierta, le protegerá de la lluvia. Este último detalle es importante. Un paraguas no sólo es una cosa, es una cosa que cumple una función, en otras pa­labras, expresa la voluntad del hombre. Cuando uno se para a pensar en ello, todos los objetos son semejantes al paraguas, en el sentido de que cumplen una función. Ahora, mi pre­gunta es la siguiente: ¿qué sucede cuando una cosa ya no cumple su función? ¿Sigue siendo la misma cosa o se ha convertido en otra? Cuando arrancas la tela del paraguas, ¿el paraguas sigue siendo un paraguas? Abres los radios, te los pones sobre la cabeza, caminas bajo la lluvia, y te empapas. ¿Es posible continuar llamando a ese objeto un paraguas? En general, la gente lo hace. Como máximo, dirán que el para­guas está roto. Para mí eso es un serio error, la fuente de to­dos nuestros problemas. Puesto que ya no cumple su fun­ción, el paraguas ha dejado de ser un paraguas. Puede que se parezca a un paraguas, puede que haya sido un paraguas, pero ahora se ha convertido en otra cosa. La palabra, sin embargo, sigue siendo la misma. Por lo tanto, ya no puede expresar la cosa. Es imprecisa; es falsa; oculta aquello que debería revelar. Y si ni siquiera podemos nombrar un objeto corriente que tenemos entre las manos, ¿cómo podemos es­perar hablar de las cosas que verdaderamente nos concier­nen? A menos que podamos comenzar a incorporar la no­ción de cambio a las palabras que usamos, continuaremos estando perdidos.
CIUDAD DE CRISTAL

1 Comments:

Blogger Antonio said...

Qué mirada tiene el cabrón, y qué bien escribe. Me pillé hace un tiempo del bazar de De la Fú "A salto de mata"...bueno, no es el mejor Auster, pero está decente.

12:30 a. m.

 

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